CUENTOS PARA LA LIBERTAD: LA CIUDAD DE LOS TONTOS.
CUENTO EN TRES PARTES, PRIMERA PARTE
PRIMERA PARTE:
Este acontecimiento marcó un significativo hito en la evolución de los seres humanos. Gracias a eso, los listos que eran todos calvos porque no tenían ni un pelo de tontos, se echaron en brazos del progreso sin preocupaciones ni angustias que dificultaran sus caminos; y, sobre todo, sin tener que sufrir el vigilar constantemente a los tontos para supervisar y enmendar sus torpezas. Por otro lado, los tontos – que eran extremadamente peludos porque ya no les cabía ni “un pelo de tontos” -, pudieron, desde entonces, entregarse a sus tonterías sin tener que soportar los constantes y desagradables sermones de los listos.
La escala para “definir tontos” era, más bien, corta. Los tontos eran tan simples que con unos cuantos “ítems” podían abarcar toda su idiosincrasia estructural, tanto la cognitiva, volitiva y emotiva como la motivacional y conductual; y, en suma, toda la completa personalidad de los tontos. No vayan a pensar por ello que esto quiere decir que la elaboración de esa escala fue “pan comido” ¡No vayamos a equivocarnos! La escala tenía su índice de dificultad; esto es, el índice de dificultad necesario para que su elaboración fuera una tarea verdaderamente digna de los listos; pues ellos no se dedicaban a cosas vanas y sin importancia o presumiblemente fáciles. Todo lo que hacían los listos era “de peso” de manera que esa escala, la de los tontos, no iba a ser menos. Por ejemplo, uno de los primeros rasgos que se pusieron a estudiar y que era de los más preciso, definitorio y sólido, en cuanto a la identidad de los tontos, fue el de la confianza que éstos depositaban incondicionalmente en sus semejantes y en ellos mismos. Otro rasgo determinante y altamente definitorio de la personalidad de los tontos que los listos añadieron a esa escala, después de analizarlo exhaustivamente, fue el de la bondad; de ahí la frase “De bueno que es, parece tonto”. También pudieron constatar que todos los individuos del grupo estudiado (el de tontos, claro), presentaban ese rasgo sin excepción, tanto, que pudo ser identificado y medido en algún grado, incluso en el grupo “límite” de listos. Los listos observaron, además, que la calidad de la bondad apreciada en los tontos difería de aquella bondad normal y consecuente que todo listo expresaba a quien le hacía algún favor, o mostraba hacia todo aquel del que podía obtener algún beneficio. No, la bondad de los tontos ni era así, ni tenía lógica, ni respondía a una relación “causa efecto” como sucedía en su caso, en el caso de los listos, claro. La bondad que pudieron observar en los tontos se manifestaba de modo incondicional, como si éstos estuvieran movidos por una programación inconsciente que les empujara a buscar el bien en todo y en todos. Algo así como buscar y hacer el bien siempre... Los listos concluyeron que, tal diferencia, sólo podía ser explicada como una aberración de la bondad provocada por lo enormemente necios que eran los tontos; y, era obvio, que el único tipo de bondad natural, es decir, no adulterada, era el que se apreciaba en los listos, que, evidentemente, era el producto de su inteligencia y sabiduría. Tras un laborioso análisis, los listos dejaron bien sentado que la confianza y la bondad que presentaban todos los tontos - así, tan incondicional, y tan a priori -, no podían ser naturales ni normales, sino una adulteración patológica de esos individuos; y si encima los dos rasgos se vinculaban entre sí, entonces esa interacción formaba un parámetro de medida, inequívoco, para determinar que, sin lugar a dudas, quienes lo presentaban, eran tontos. Otra variable que, gracias a la definición de la interacción de esos dos rasgos citados, pudieron los listos aislar en los tontos se expresaba con términos de fe, tales como, fe en la vida, en la humanidad y en toda la creación; y todo ello unido a una voluntad inquebrantable que mostraban los tontos en suprimirse algunas cosas que calificaban de defectos, como algo que llamaban envidia y ambición. Lo cierto es que a los listos no se les ocultaba lo difícil que era objetivar todo esto, de modo que les costaba un arduo esfuerzo y una constante dedicación. Pero ¡los listos eran tan inteligentes! que, a pesar de las dificultades, iban progresando gradualmente y con eficacia. Cuando ya estaba casi finalizada la escala, los listos descubrieron otro rasgo que les pareció de lo más relevante para definir a los tontos: los tontos mostraban un afán constante por alejarse de toda conducta que significara violencia, humillación, dominio, imposición y abuso de poder hacia otro ser vivo. Los listos se decían unos a otros: “estos tipos raros carecen de todo deseo y aspiración de poder, de autoridad y de respeto... No conocen ni saben lo que todo esto quiere decir... No les importa el ser avasallados, no responden, no tienen criterio alguno, no saben imponerse, no se respetan a sí mismos, ni tienen dignidad, ni nada de nada... No hay asomo alguno en ninguno de los tontos que tenga que ver con el hacer prevalecer sus juicios y sus valores; y tampoco se observa en ellos nada que tenga que ver con el manifestar sus voluntades y convertirlas en normas de un modo tajante y sin negligencias tal y como siempre hacemos nosotros para el bien de la comunidad... Estos individuos no pueden ni saben llegar a ninguna conclusión útil por sí mismos; siempre andan buscando, preguntando, sopesando lo que piensan los demás...” En fin, que los listos se reafirmaron en lo que pensaban: “los tontos, pobrecitos, lo son y mucho. Sus necedades son dañinas para la comunidad y sólo pueden ser entendidas como resultado de lo inconmensurablemente tontos que son”.
Este cuento forma parte de mi libro "Cuentos para la libertad"
Carmen Moreno Martín
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